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Departamento de Filosofía

Necesidad de la filosofía y las ciencias en el plan común de enseñanza media

Columna del Prof. Carlos Ruiz Schneider, académico del Departamento de Filosofía, director de Investigación y Publicaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades y senador universitario.

¿Una vez más la enseñanza de la filosofía y ahora también la de las ciencias en la educación media en cuestión?

Creíamos –algo ingenuamente, tal vez - que este asunto estaba ya decidido, cuando la comunidad intelectual en Chile: académicos, Premios Nacionales, escritores e intelectuales hace 2 años rechazó de una manera muy impresionante y en forma generalizada un intento similar, que surgió del Ministerio de Educación.

Pero el Ministerio de Educación aprendió de esta experiencia y ha realizado un muy buen trabajo en la elaboración de la propuesta actual para los 3os y 4os Medios, en constante comunicación con los profesores y en el caso de filosofía, también con estudiantes y alumnos de la disciplina.

La propuesta de filosofía me parece un proyecto muy interesante que tiene como centro la reflexión crítica, alimentada por lecturas filosóficas esenciales, la argumentación, el diálogo en el aula y el trabajo en común. Un ejemplo, a mi juicio del aporte que puede hacer la filosofía a los intereses, las demandas y la formación de todos los jóvenes.

Esta es la propuesta cuyo acceso parte del Consejo Nacional de Educación( CNED) cuestiona para todos los estudiantes , excluyendo de este aporte de la disciplina, a los estudiantes de las escuelas técnicas y especializadas que no cursarán filosofía en sus planes de estudios. Con el incomprensible agravante de que ahora se elimina también la enseñanza de las ciencias de este plan común.

A mi parecer, esto constituye una clara limitación del papel de la escuela en democracia, que incluye una promesa de entregar, a todos los jóvenes, conceptos y experiencias que les permitan comprender el mundo, pero también poder apreciarlo con ojos críticos para poder participar en su transformación. Pero es también una puesta en cuestión de la democracia porque es un claro límite a la posibilidad que debieran tener los jóvenes de cambiar la orientación profesional de sus vidas – una decisión que de esta manera se les obliga a tomar demasiado temprano – y elegir, por ejemplo, una carrera universitaria, para lo que los alumnos y alumnas de las escuelas técnicas quedarán notablemente en desventaja, sin un conocimiento de los problemas y métodos de la filosofía y las ciencias.

Uno no puede dejar de pensar que quienes opinan de esta manera en el CNED desconfían de la educación masiva de los jóvenes – o piensan que es un lujo caro e innecesario -y tienen una cierta nostalgia de un orden más elitista. Es un poco lo que pensaban algunos intelectuales conservadores en el siglo XIX, que no combatían frontalmente las humanidades, pero opinaban que ellas no debían entregarse en exceso a las clases trabajadoras, bajo la pena de producir “ociosos pedantes” que terminan por aborrecer la sociedad y podrían transformarse fácilmente en rebeldes, como decía Joaquín Larraín Gandarillas en su discurso de incorporación a la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile, en 1863.

Un retroceso sorprendente, en un país cuyos intelectuales y académicos acababan de pronunciarse en un sentido contrario hace poco tiempo. Sorprendente también cuando un profesor catalán de filosofía, contestatario pero muy apreciado por sus estudiantes, es el personaje principal de una de las mejores y de las más populares series de la televisión. Uno se pregunta, en realidad, en qué mundo viven algunos de estos extraños personajes del CNED, sin ninguna sensibilidad para las temáticas culturales que puedan motivar a los jóvenes de hoy.

Y esto resulta más incomprensible aún cuando el sistema escolar chileno es uno controlado, desde el inicio hasta el final, por un verdadero sistema panóptico que incluye estándares, pruebas nacionales e internacionales , resultados y rendiciones de cuentas, en suma por una verdadera batería de de tests puramente instrumentales que tienen como norte la eficiencia.

¿Qué tiempo tienen, entonces, los estudiantes para reflexionar con más profundidad en lo que quieren y cómo quieren contribuir a su país, en un momento en que muchos cientistas sociales están insistiendo en que las identidades profesionales tradicionales y más rígidas están perdiendo su pertinencia para los jóvenes?

La tarea de quienes toman hoy decisiones sobre lo que es deseable que nuestros jóvenes aprendan es, en primer lugar, pensar en y con nuestros jóvenes, en sus experiencias escolares, sus deseos y las necesidades del país. Y pensar más en los fines de la educación, que en cómo hacer escuelas más efectivas, con controles más generalizados y sanciones para las escuelas y los alumnos que “fracasan”. Para estas reflexiones, que tienen que ser también en común, el encuentro con la filosofía en la escuela es insustituible.

Lunes 12 de marzo de 2018

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