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Departamento de Estudios Pedagógicos

Columna de opinión:

¿Crisis del Liceo público chileno?

Columna de la historiadora Leonora Reyes publicada en El Mostrador.

Las acciones violentas emprendidas por desconocidos en dependencias de varios liceos tradicionales, aparecidas últimamente en la prensa, abren varias interrogantes sobre las tensiones presentes en la construcción y desarrollo, así como en la incierta proyección del sistema público de educación en nuestro país. El ensayo El Liceo, recientemente publicado por la historiadora y Premio Nacional de Historia Sol Serrano, contribuye al debate sobre lo que se ha denominado como su “crisis moral”.

La idea central del libro es que el Liceo representó desde sus inicios “un proyecto de sociedad”, que a la larga se fue transformando en “un relato tan asimilado como el aire” donde “la democracia era la norma”, pero que entraría en crisis en la década de 1950, cuando el Liceo deja de “ser garante del orden y la autoridad”. Con esta idea la autora propone echar por tierra un “viejo mito republicano”, que “la educación pública es por definición un instrumento para la construcción de la igualdad social”. Sol Serrano argumenta esta tesis con dos ideas. Primero, la imposibilidad del Liceo de absorber la creciente demanda por integrarse a él, así como de asegurar el ingreso posterior a la Universidad. Segundo, su conversión en un lugar de alta conflictividad política debido al ingreso, a través del movimiento estudiantil secundario, al espacio público.

La tesis de la crisis de selectividad del Liceo en los 50’ merece comentarse pues lo que propone como una crisis puntual, no es sino la historia misma de la constitución del sistema de educación pública chileno. Desde los inicios de la República se establece una educación para ricos y una para pobres. La Preparatoria, el Liceo y la Universidad nacen como un subsistema para educar a la elite dirigente, mientras las escuelas básicas y normales lo fueron exclusivamente para los sectores populares (esto irá cambiando durante el siglo XX, a través de múltiples hitos tendientes a la unificación del sistema). En términos numéricos, la proporción entre educación primaria – cuya cobertura masiva se reconocería avanzado el siglo XX- y secundaria, habla por sí sola de la selectividad histórica del sistema. Mientras en 1900 los establecimientos fiscales de Chile recibían 157 mil estudiantes en escuelas básicas, la educación secundaria solo lo hacía con 12 mil (y solo unos mil se encontraban en la educación superior). Y mientras en la educación básica la suma de los establecimientos privados y públicos eran dos mil, los de educación media apenas sumaban, ambos, 83 liceos. Este no fue un fenómeno azaroso. Connotados intelectuales liberales de mediados del siglo XIX, entre ellos Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento y Miguel Luis Amunátegui - cuyos nombres aparecieron más tarde en el frontis de muchos liceos de país- defendieron con sólidos argumentos aquella condición estructural del sistema público de educación. Curiosamente, este carácter segregador no solo en lo social, sino en lo cultural y las relaciones de género, no se expresa en el ensayo como una condición esencial de la construcción histórica del sistema educacional, sino como algo que se inició a mediados del siglo XX.

La segunda línea argumentativa, explica la crisis a través del ingreso del Liceo al espacio público y su transformación en un foco de conflictividad política. Cabe preguntarse ¿Quién se ve afectado a raíz de este hecho? Según Sol Serrano, el principal afectado es la “elite heterogénea que compartió una cierta idea de comunidad cívica”. Pero a la par de esta deriva del Liceo, se desarrolla el no poco significativo aumento en un 157,8% en la cobertura de educación media entre 1940 y 1956, y 112,53% entre 1964 y 1970. Es cierto que desde estas cifras es posible  leer la “crisis” como el declive de la autoridad y el orden. En efecto, es el declive de una organización que tradicionalmente ha sido piramidal, de pedagogía sexista y de curriculum colonial, expresado en el culto de una chilenidad aséptica, basada en símbolos patrios y escenas costumbristas del bajo pueblo. Sin embargo, el desmoronamiento de esta tradición, también es el avance de los ensayos democratizadores del sistema, como el movimiento de experimentación pedagógica. También es el surgimiento de la alianza del movimiento estudiantil con los sectores sociales que buscaban mejoras en sus condiciones de vida y la democratización de la sociedad chilena en su conjunto. De esta manera, la crisis de los 50’ puede ser leída también como la antesala del Liceo que va incorporando, gradualmente, ya no solo a través de libros que hablan sobre la cultura popular, sino su presencia concreta en este espacio. Es este el Liceo que comienza a desarrollarse a partir de la década de 1960, el que producirá las semillas que germinaron en 1970 ya no solo con demandas, sino con un proyecto de sociedad basado en la democratización profunda del sistema, acallado con violencia estatal en 1973 e intervenido militarmente entre 1973 y 1980. Es el mismo Liceo que será reestructurado bajo el comando de la tecnocracia económica desde 1980 en adelante, en el marco de los niveles de cobertura más altos en su historia, pero vuelto a segmentar por las políticas educativas desde 1990 en adelante, sustentadas por las agencias internacionales como el Banco Mundial.

La pregunta que surge entonces, es por lo que no aparece explícito en el texto de Sol Serrano,  el que sin duda, nos dice algo. La reciente columna publicada en El Mercurio de José Joaquín Brunner “Liceo: renovación moral o anomia”, responde en parte esta interrogante. Afirmándose en la tesis de la historiadora, el sociólogo explica la actual crisis del Liceo a partir del desorden y la anomia que desbordan lo que debiera ser, a su juicio, una “comunidad jerárquicamente organizada”. La crisis del Liceo así entendida, se concentra en el resquebrajamiento de los cimientos de una institución que, hasta los cincuenta - y después de los ochenta especialmente en los liceos emblemáticos -, produce una gruesa parte de la elite chilena. Sin embargo, lo que no se considera en este argumento, es el lugar que ocupa la situación actual del Liceo en un contexto mayor, lo que Marta Nussbaum llama “la crisis mundial de la educación”. Esta crisis, según la filósofa estadounidense, es potencialmente desvastadora para el futuro de la democracia en el mundo. Se relaciona con el sujeto y la sociedad que están produciendo actualmente los sistemas de educación pública, obedeciendo los mandatos de las políticas de las naciones, que asumen como tarea mantener la competitividad en el mundo global. Si asumimos “esta” como la real crisis del Liceo, lo que necesitamos para salir de ella no es volver al viejo Liceo jerárquico y nacionalista, tampoco actualizar el Liceo a la efectividad demandada por la producción del capital humano para ubicarse en los niveles promedio de la OCDE, ni menos una política depurativa como el “Aula Segura” recientemente propuesta por el presidente Piñera. Lo que se requiere, por el contrario, es hacer retroceder las políticas privatizadoras, promoviendo el florecimiento de proyectos educativos públicos, libres y democráticos, cultivadores de niños, niñas y jóvenes complejos, que piensen por sí mismos, y contribuyan a una tarea urgente: la re-humanización de la sociedad chilena.

Vea esta columna en El Mostrador

por Leonora Reyes-Jedlicki, académica del Departamento de Estudios Pedagógicos

Miércoles 26 de septiembre de 2018

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