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Facultad de Filosofía y Humanidades

Roberto Fernández Retamar (Cuba, La Habana, 1930-2019)

No es exagerado argüir que con la entrada de Roberto Fernández Retamar  en el debate sobre el estatuto y deberes de la teoría crítica latinoamericana moderna ésta dio un giro de ciento ochenta grados. De 1972 es su “Para una teoría de la literatura hispanoamericana”, ensayo ése al que se añadió, un poco después, en 1975, “Algunos problemas teóricos de la literatura hispanoamericana” (la primera edición de “Para una teoría…” es de 1973 y la primera de ambos es del 75). En el primero de esos dos escritos se leía en cursiva: “una teoría de la literatura es la teoría de una literatura”. Era ésta una manera de hablar acerca del tema que nosotros no habíamos escuchado hasta aquel momento. Cuando leímos la frase, nos deslumbró. En Chile, andábamos por ese entonces en los afanes de la Unidad Popular y una parte sustancial de tales afanes consistía en pensar nuestra cultura de una manera diferente. A mí, que en esa época tenía treinta años y era un jovenzuelo muy leído y un tanto pretencioso, me habían educado en el universalismo y el formalismo más estrictos. Fernández Retamar se encargaría de mandar todo eso a paseo. El venía de otra parte, era uno de aquellos que se habían propuesto construir “otro mundo”, algo acerca de lo cual nosotros habíamos oído algunas cosas y queríamos saber muchas más. Por detrás suyo estaba, por supuesto, la Revolución Cubana, y más atrás todavía, la figura y la palabra, que entonces empezábamos recién a conocer en serio, de José Martí. Era su vocación martiana de autenticidad la que había llevado a Roberto Fernández Retamar a dar ese que a no dudarlo estaba siendo un paso crucial en la trayectoria de la teoría crítica latinoamericana moderna, su devoción para con aquel Martí que en su “Cuaderno de apuntes” había escrito que “tenemos alardes y vagidos de Literatura propia, y materia prima de ella, y notas sueltas vibrantes y poderosísimas --mas no Literatura propia. No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana hasta que haya Hispanoamérica”1 y que sería retomado cuarenta años después por el José Carlos Mariátegui que afirmaba que no iba a haber literatura nacional en el Perú mientras una revolución socialista no hubiese instalado en el Perú una nación verdadera2. Era en esa compañía, ni más ni menos, que Fernández Retamar pedía la palabra en el debate. Cuando los jóvenes chilenos nos quemábamos todavía las pestañas tratando de encontrar un sendero en la selva negra de Das literarische Kunstwerk. Eine Untersuchung aus dem Grenzgebiet der Ontologie, Logik und Literaturwissenschaft, el cubano estaba, como dicen hoy mis estudiantes, “en otra”. Pero resulta que esa “otra” de Fernández Retamar era mucho más “la nuestra” que la que nosotros estábamos entonces frecuentando. No tardamos en darnos cuenta de que eso era así; los empeños transformadores de la Unidad Popular nos ayudaron en esta faena de aprender a ser nosotros mismos y el resto de la historia es nuestra biografía intelectual hasta hoy. En el umbral de esa biografía, como un faro que indica el camino que los críticos latinoamericanos hemos venido siguiendo desde hace más de cuarenta años, está Roberto Fernández Retamar.

Pero Roberto Fernández Retamar no nació siendo Roberto Fernández Retamar, al menos no nació siendo el mismo que hoy día conocemos. Tuvo, como todos, como su admirado Martí (o como Carlos Marx…), que recorrer un camino para llegar a ser él mismo. Ese camino, el intelectual, digo, empieza con su graduación en lingüística y literatura de la Universidad de La Habana, en 1952, y con la tesis que escribió para dar comienzo a sus estudios doctorales: La poesía contemporánea en Cuba: 1927-1953. Era un trabajo brillante, pero incipiente, que valía por lo que en él se estaba argumentando sin ninguna duda, pero sobre todo porque era sintomático del joven poeta y del joven ensayista en busca de un lugar en las tradiciones de los que de ahí en adelante iban a ser sus dos oficios principales. Es un rasgo de la personalidad de Fernández Retamar que no lo abandonará después. Incluso en sus momentos de mayor originalidad, él supo reconocer la huella de los hermanos mayores, en su poesía y también en sus ensayos, la huella de los poetas y los ensayistas que lo precedieron al interior de su propio su país, la de Villena, la de Lezama, la de Vitier, la de Fina García Marruz, la de Martí, la de Marinello, la de Carpentier, la de Portuondo, la de Arrom. Y la de quienes lo precedieron en el afuera de su país, la huella de los grandes poetas y ensayistas de nuestra América, Darío, Neruda, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Oswald de Andrade, Borges (sí, también Borges), entre otros. 

Académico de la Universidad de La Habana, activo en la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, profesor visitante en la Universidad de Yale en 1957, colaborador en los periódicos de la resistencia, el segundo lustro de los años cincuenta fue para el aún veinteañero Fernández Retamar de continuos y no pocas veces peligrosos trajines. Se las arregló sin embargo para estudiar lingüística con André Martinet en la Sorbona, en 1955 (lo que después le permitiría hacerle algunas precisiones técnicas a un lingüista amateur llamado Carlos Fuentes, a propósito de La nueva novela hispanoamericana, un libro de este último de 1969) y a publicar, en 1958, su Idea de la estilística, un texto que lo muestra al día en la que era la orientación teórica dominante en las investigaciones literarias de aquellos años. 

Con el estallido de la revolución se produce en Cuba un cambio de escena. Fernández Retamar será, a partir de ese acontecimiento, como él mismo lo ha dicho, profesor, periodista, diplomático, secretario de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, director de revistas (y, sobre todo, de Casa de las Américas desde 1965), además de convertirse en miliciano y participar disciplinadamente en los trabajos voluntarios. Su entrega a la revolución va a ser sin recortes. Y su escritura lo evidencia. Dos ensayos fundamentales del período postrevolucionario son Martí en su (tercer) mundo, de 1965, y Modernismo, 98 subdesarrollo, de 1968. Por otra parte, para nuestro país constituye una prueba de que conocimos tiempos mejores a los actuales el que la segunda edición ampliada de Ensayo de otro mundo, de 1969 (la primera, del Instituto Cubano del Libro, era de 1967), haya aparecido con el sello editorial de la Universidad de Chile.

En 1971 sobreviene el escándalo Heberto Padilla, el encarcelamiento del bufonesco poeta durante treinta o más días por sus actividades contrarrevolucionarias, entre marzo y abril de ese año, y su confesión autocrítica del 27 de abril. En esa confesión, Padilla se rasgaba las vestiduras, autoincriminándose, autoenlodándose, arrastrándose por los suelos y arrastrando a sus colegas y a su propia mujer, como tal vez no haya otro caso semejante en la historia latinoamericana de los intelectuales. Los ecos de aquella confesión farandulesca se escucharon urbi et orbi. Las relaciones de Cuba y su revolución con los intelectuales de América Latina y del mundo estaban siendo puestas a prueba. Si los años sesenta habían sido de entusiasmo y cooperación con la gesta isleña, los setenta se estaban inaugurando como de incomodidad y de crítica. Los malentendidos eran muchos y Roberto Fernández Retamar fue, una vez más, el encargado de poner las cosas en su sitio. Para eso (o, mejor dicho, por eso) escribió el hoy famosísimo Caliban, un ensayo que demás está decir que excedía, y con mucho, la mezquina y confusa coyuntura en que se escribió. Es uno de los ensayos cardinales de nuestra América y no es este el lugar para yo haga de él un análisis pormenorizado. Baste decir que, en un diálogo con Ariel, de José Enrique Rodó (otro de nuestros ensayos cardinales por lo demás), Fernández Retamar retoma en su Caliban la lección identitaria y anticolonialista martiana y la pone en el centro de una interpretación totalizadora y profunda de la historia cultural de América Latina. Secuelas posteriores de ese trabajo son Caliban revisitado, de 1986, Caliban en esta hora de nuestra América, de 1991, Caliban quinientos años más tarde, de 1992, y Caliban ante la antropofagia, de 1999.

También fue en medio de aquella difícil coyuntura de principios de los setenta que aparecieron “Para una teoría de la literatura hispanoamericana” y “Algunos problemas de la literatura hispanoamericana”. Fernández Retamar angosta en estos ensayos el foco de su reflexión, ya que no está hablando en ellos de la cultura latinoamericana en general sino de los estudios literarios. Pero el fundamento filosófico continúa siendo el mismo: “Las teorías de la literatura hispanoamericana, pues, no podrían forjarse trasladándose e imponiéndose en bloque, criterios que fueron forjados en relación con otras literaturas, las literaturas metropolitanas. Tales criterios, como sabemos, han sido propuestos --e introyectados por nosotros-- como de validez universal. Pero también sabemos que ello, en conjunto, es falso, y no representa sino otra manifestación del colonialismo cultural que hemos sufrido, y no hemos dejado enteramente de sufrir, como secuela del colonialismo político y económico. Frente a esta seudouniversalidad, tenemos que proclamar la simple y necesaria verdad de que una teoría de la literatura es la teoría de una literatura”3. Cuando la teoría literaria metropolitana empezaba recién a escabullirse de las veleidades cientificistas del estructuralismo, el de “Barthes y sus secuaces”, a quienes los muchachos y muchachas el 68 francés habían puesto fuera de servicio, Fernández Retamar nos alentaba a los jóvenes latinoamericanos a pensar por cuenta propia. Como dije arriba, fue ése el primer paso en una historia que, de diferentes maneras, se prolonga hasta hoy. Con matices, es cierto, pero teniendo siempre presente el entronque de la literatura con la realidad regional, Ángel Rama, Antonio Cornejo Polar, Antonio Candido y Roberto Schwarz son algunos de sus protagonistas.

El resto es la eficacia y la dignidad con que Roberto Fernández desempeñó su papel de intelectual orgánico y portavoz de la Revolución Cubana, su participación incansable en la vida cultural de su país, de América Latina y del mundo, una docena de libros nuevos de poesía y de ensayo (recomiendo la selección que trae el volumen de Ayacucho de 2008, editado por Roberto Méndez Martínez: Lo que va dictando el fuego) y los casi cincuenta años que tuvo a su cargo la dirección de la revista cultural más importante de América latina: Casa de Las Américas. No es poco, por cierto.

Me escriben para decirme que ha muerto hace unas horas. Yo respondo con mi admiración y mi tristeza. Pocos, muy pocos de nosotros, podemos exhibir una hoja de vida tan digna, tan honorable y tan rica como la suya. Pero lo que sí podemos hacer es agradecer el haber tenido la suerte de escucharlo y de leerlo. Siento que sus palabras nos hicieron mejores.

Notas:

1 José Martí. “Cuaderno de apuntes 5” en Obras completas. Vol. 21. La Habana. Editorial Nacional de Cuba, 1965, p. 163.

2 José Carlos Mariátegui. “El proceso de la literatura” en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lima. Amauta, 1978, p. 235.

3 Roberto Fernández Retamar. “Para una teoría de la literatura hispanoamericana” en Para una teoría de la literatura hispanoamericana. 1ª ed. completa. Santafé de Bogotá. Instituto Caro y Cuervo, 1995, p. 82.

por Grínor Rojo, académico del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos.

Lunes 22 de julio de 2019

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