"Pandemia y política de guerra" por Grínor Rojo

El fundamento teórico de una política de guerra se reduce a que el objetivo de la misma, que a veces es la búsqueda de más territorio y de más honor para la Patria y en otras la defensa del territorio y del honor de la Patria, o cualquier cosa semejante, se logre. Ello involucra enfrentarse con quienes se oponen a dicho objetivo, o sea a los enemigos, y justifica cualquier gasto, también el gasto humano, al que sea preciso recurrir para derrotarlos. Una política de guerra no retrocede (puede que se trate de mitigarla, pero no retrocede) ante la posibilidad de perder vidas. El objetivo que se habrán fijado quienes la emprenden es superior por definición a la o las vidas que se usarán para llevarlo a cabo. Los ejemplos son múltiples, recorren la historia de la humanidad, pero su lógica y su logística son siempre las mismas. Es preciso derrotar al enemigo, empleando todos los recursos materiales y humanos de que se dispone para bien de la Patria, de la Libertad, de Dios o de lo que sea que haga justificable las acciones que se efectúan y no importa cuáles sean

También para ganar la guerra son muy útiles un Estado y un partido (más un partido que un Estado) exento de fisuras. Un Estado y un partido monolíticos, que obedecen ciegamente a las órdenes de un jefe único, puesto que ese jefe es quien, mejor que nadie, sabe qué hay que hacer y cómo se hace. Él es el comandante supremo, el que determina en última instancia la utilización de los recursos. Por lo mismo, de sus decisiones depende, también y evidentemente, quienes serán los soldados y qué se va a hacer con ellos en el campo de Marte.

Un ejemplo extremo es el de la Unión Soviética de Stalin, en los años treinta del siglo pasado. El objetivo era en esa Unión Soviética industrializar y, claro, modernizar, engrandecer y convertir a ese país en una potencia mundial en el más breve plazo. Para eso, Stalin echó a andar una "economía de guerra", lo que supuso tanto enemigos a los cuales combatir como soldados combatientes. Enemigos eran aquellos que estaban en contra de su estrategia de crecimiento a marcha forzada, o que, aun estando de acuerdo con ella, abogaban por que se la implementara sin las crueldades que ya se habían empezado a detectar, y esos fueron eliminados sin más trámite (entre 1934 y 1939, cuatro o cinco millones entre miembros del partido comunista y funcionarios, y quinientos ejecutados sin juicio, según las cifras de Eric Hobsbawm). En cuanto a los soldados, ellos eran los trabajadores, cuya misión era encargarse de hacer realidad las órdenes del jefe (una población de ciento sesenta millones de personas, según el censo de 1937, a la que se obligó a trabajar y vivir en condiciones subhumanas). La guerra económica había que ganarla, sin fijarse en el costo.

Todo ello a propósito de nuestra propia "guerra" contra el COVID-19. Porque se recordará que así es como definió la emergencia sanitaria el presidente de Chile el 12 de abril de 2020: "Estamos en guerra" contra "un enemigo poderoso e implacable" fueron entonces sus palabras exactas. El enemigo era la pandemia y, para vencerla, el Estado chileno estaba, para citar una más de sus frases tempranas, esta otra del 3 de marzo, "preparado para enfrentarla". Y si el COVID-19 era el enemigo, la infraestructura sanitaria del país y sobre todo los trabajadores de la salud, eran los soldados. En tales condiciones, lo que el presidente anticipaba era obviamente una guerra corta y poco costosa, después de la cual todo volvería a ser como siempre había sido y como tenía que ser: un statu quo de "normalidad" e incluso, si lo apuraban mucho, de "nueva normalidad" (eso aun cuando el estallido social de solo unas semanas antes ponía esa esperanza en duda). Ocurre, sin embargo, que las dos afirmaciones, "estamos en guerra" y "estamos preparados para ganar la guerra", desaparecieron pronto de los discursos presidenciales. El enemigo era más "poderoso" de lo que el mandatario presumía. Y algo más: si la primera línea de los sacrificados era la de los trabajadores de la salud, una segunda y más nutrida estaba compuesta paradójicamente, debido la naturaleza de la guerra que se estaba librando, por aquellos a los cuales se deseaba salvar: los enfermos.

Pero de más importancia todavía es que el objetivo de la guerra cambió cuando se llegó a la conclusión de que las previsiones de una guerra corta y poco costosa eran erróneas. Cuando hubo que olvidarse de las esperanzas de salir pronto a hacer trámites o a tomar un café con los amigos. En definitiva, el conflicto iba a ser largo y sus consecuencias más graves de lo que se había previsto. En este nuevo escenario, el objetivo inicial, el de ganársela al virus, cambió o se reformuló, haciendo que coexistiera con otro que no sólo era distinto sino contradictorio. La defensa de la vida de los chilenos, atacada por la pandemia, tuvo que coexistir con la defensa del aparato económico del país, el que estaba siendo erosionado no por la pandemia misma sino por las decisiones que los especialistas decían que eran las más apropiadas para combatirla. Estas últimas apuntaban al confinamiento total de la población como la mejor alternativa, y a una consecuente paralización de la actividad productiva, lo que desde el punto de vista institucional era por completo indeseable. Puesto que no éramos ni los Estados Unidos de Trump ni el Brasil de Bolsonaro, donde no ha habido dudas en optar por el primado de la economía por sobre la salud de las personas y es lo que se ha dicho expresamente, lo recomendable, dada nuestra reconocida civilidad, era no descuidar la salud, pero tampoco la prosperidad, combinando las acciones (o los ataques) que se estaban desarrollando en ambos frentes. Tan importante como pelear contra el virus era pelear contra el hambre, es lo que entonces se dijo. Más aún: que lo uno no quitaba lo otro, que lo Cortés no quitaba lo Cuauhtémoc.

El resultado fue un actuar a medias, y del que ahora estamos sufriendo las consecuencias. Se decretaron las cuarentenas, es cierto, pero fueron cuarentenas parciales, localizadas y por lapsos de duración acotados. Con otras maniobras sucedió lo mismo, un actuar siempre desde atrás, reactivo y no preventivo. Era como hacen los bomberos: esperar a que haya señales de humo y cuando eso es así, salir corriendo a apagar el incendio --o si no a apagarlo, al menos a aislarlo para que las llamas no se extiendan hasta las demás casas del barrio--. Se dijo que eso era lo más conveniente de todo, que su adopción mostraría sus ventajas sobre los muy poco deseables confinamientos totales (¿no dijo el ministro de Salud, el 21 de marzo, que la cuarentena total había fracasado en países como Argentina, que hoy tiene 508 muertos y 14.702 contagiados?) y, last but not the least, que así no se dañaría el empresariado, al que no se mencionaba, sino las "fuentes de trabajo", que sí se mencionaban y en abundancia.

Se combatió de esa manera la enfermedad, eso no puede negarse --no dejó ni ha dejado de hacerse hasta hoy, debemos reconocerlo--, pero evitando que una atención exagerada a los melindres de los científicos tuviese, que tenga, un impacto lesivo en materia económica. Que esa no era la única manera de operar, ni tampoco era la que daba los mejores dividendos económicos, lo prueba el ejemplo de Nueva Zelanda, donde una población de casi cinco millones de personas se cuarentenó temprano y en su totalidad y hoy se halla libre del virus y en condiciones de retomar su actividad productiva a full. O sea que la estrategia chilena era mala incluso desde el punto de vista de sus propios intereses. Que se le haya dado un tinte de mayor eficiencia o que (¿por qué no?) haya habido compatriotas que se la creyeron honestamente, que se convencieron de que esa era la única manera de actuar, la que iba a dar los mejores resultados, es llorar sobre la leche derramada. 

El caso es que ese no fue nuestro camino y hoy, 29 de mayo de 2020, Chile se encuentra ya entre los catorce países con las cifras más altas de contagiados en el mundo, según los datos de la Universidad Johns Hopkins, la Organización de Mundial de la Salud y el Ministerio de Salud chileno. Francamente, yo no sé si aún nos queda tiempo para salirnos de esta nómina siniestra, antes de que el despeñadero hacia el que estamos enfilados se ahonde aún más. La Universidad Washington, en Seattle, en un informe al que se le ha dado escasa publicidad, indicó hace poco que en nuestro país podría haber hasta doce mil muertos a comienzos de agosto.

En fin, lo que no se hizo fue actuar temprana y preventivamente, asegurando: i) que la población estuviese en condiciones de sobrellevar una vida en condiciones de cuarentena efectiva. Para eso, los bonos de 50 mil pesos a la gente pobre no sirven ni las canastas de alimentos tampoco. Lo que sirve, lo que habría servido (y lo que ojalá pudiera servir aún) es asegurarle a esa gente un ingreso que les permita respetar las exigencias de la reclusión. No se le puede pedir a un trabajador informal, de los que constituyen el 50 por ciento de la fuerza de trabajo y que vive al día, que se quede en su casa (si es que la tiene). El Estado de Chile cuenta con la suficiente capacidad de endeudamiento como para solucionar ese y otros flagelos similares, moviéndose en dirección a un cambio que ya está en el horizonte, que se ve venir y que es la creación de un ingreso mínimo universal; y ii) que estando lo anterior instalado en el papel, se necesita un aparato fiscalizador de su cumplimiento en la realidad. Fiscalización, es lo que acabo de escribir, léaseme bien, y no represión. Pero, claro, nada de esto es compatible con el anhelo de salvar al barco capitalista de su naufragio. Es muy distinto apoyar con el dinero de todos los chilenos a una transnacional como puede ser LATAM, con el argumento espurio de que se trata de una empresa estratégica para nuestro país, que darles a los vecinos del barrio la capacidad de comprar en el almacén de la señora Juanita beneficiándose así ellos a sí mismos y beneficiando a la señora Juanita y a los/las demás con ella colaboran. A mí, que algo sé de economía, ese me parece el procedimiento sensato.    

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