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Facultad de Filosofía y Humanidades

"Después de pandemia: otras reflexiones" por Grínor Rojo

Prof. Grínor Rojo, académico del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la U. de Chile.

Prof. Grínor Rojo, académico del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la U. de Chile.

La pandemia del COVID-19 va a generar, está generando, un deterioro económico nacional y global una de cuyas secuelas previsibles será --ya lo es--, el aumento del desempleo, el subempleo y el trabajo informal. Por otra parte, los avances científico-tecnológicos de la tercera revolución industrial, que son los que se encuentran corrientemente en curso, nos permiten anticipar que, aun cuando las economías capitalistas logren superar la emergencia sanitaria del COVID-19 e iniciar así el ciclo de su recuperación, el desempleo, el subempleo y el trabajo informal seguirán aumentando y probablemente más aún. Los múltiples procesos de automatización del trabajo, que cualquiera de nosotros puede ver en acción en los diversos escenarios de su vida cotidiana, y que son consecuencia de los avances científico-tecnológicos a que aquí me refiero, constituyen apenas un modesto adelanto de un fenómeno que seguirá no sólo manteniéndose sino incrementándose en una escala que será cada vez máyor. Esos procesos de automatización eliminan puestos de trabajo con lo cual se disminuyen los costos de producción. Son, por consiguiente, inmensamente deseables para un sistema económico cuya premisa fundante es la maximización de la ganancia. Algo que adquiere especial atractivo en el marco del proceso de recuperación de las tasas de crecimiento que supuestamente se perdieron (nunca demasiado grandes como quiera que sea) y que nos espera sin duda una vez que la pandemia haya tocado a su fin, aunque no lo tenga en absoluto para los trabajadores que tendrán que sufrirlo.      

Pero ocurre que en una sociedad democrática, e incluso con una democracia tan limitada como es la nuestra, los desempleados, los subempleados y los trabajadores informales constituyen un foco potencial de rebeldía, una amenaza latente para la estabilidad del statu quo. Debido a la precariedad de su posición en la pandemia (¿cómo hacen su cuarentena los trabajadores informales, que viven al día y que muy frecuentemente se hacinan con sus respectivas familias en una vivienda que comparten con docenas de otros?) y a la aún peor posición que los aguarda en el futuro cercano, es inimaginable que ellos no se indignen y protesten. Tienen esas personas capacidad de demanda y, si esas demandas no son satisfechas, tandrán también la energía para manifestarse en las calles contra las deficiencias del sistema. Por cierto, se los podrá reprimir mediante el uso de la fuerza, pero ese es un recurso cuyos beneficios las dictaduras de los setenta y ochenta demostraron que son menores que los costos. 

Así, el único ente que medianamente puede contener el riesgo de desestabilización del statu quo --yo no creo que pueda eliminarlo del todo, pero sí contenerlo--, es un Estado reparador de la desigualdad. Estoy pensando en un Estado que muestre que es capaz de entregarles a esos a quienes la historia contemporánea está empujando hacia los márgenes del sistema los medios que ellos requieren por lo menos para su sobrevivencia.

Pero el neoliberalismo, que es la doctrina ultra del capitalismo ultra (podría precisar lo dicho agregando que el neoliberalismo no es sino la vulgata ideológica del capitalismo en el tramo agónico de su trayectoria) y que recorta por principio las atribuciones del Estado, no puede por eso echarse encima la responsabilidad de reparar inquidadades. En otras palabras: el Estado neoliberal, que es el contrapunto político del desvarío capitalista contemporáneo, carece de las herramientas teóricas y prácticas que se necesitan para resolver los problemas del presente (la espectacular mala gestión de la pandemia de COVID-19 en Estados Unidos y Brasil y la muy mediocre de Chile son buenos ejemplos de sus limitaciones. Inversamente, los éxitos de Nueva Zelanda y Argentina en el mismo sentido, prueban que el distanciamiento prudente que esos gobiernos practican respecto de la teología neoliberal fue bueno para la salud de su población) y menos aún los que están por venir. 

A diferencia del Estado liberal clásico, el Estado neoliberal --que de todos modos no es el equivalente de una ausencia de Estado, sino de uno que ha concluido que sus obligaciones se reducen a la mantención de un ambiente de paz que favorezca el funcionamiento de los negocios--, opera a base de la convicción de que que la economía y la sociedad (no la política, pero... ¿por qué no la política? ¿se habrán convencido sus feligreses, como Jaime Guzmán, de que el liberalismo económico no tiene por qué ir de la mano con el liberalismo político?) se autoregulan, que no requieren de su intervención. Más aún: considera el Estado neoliberal que su intervención en la esfera de la economía sería un acto sacrílego. Esto es lo que afirman Friedrich von Hayek, cuando aquel habla de respetar el orden económico "espontáneo", y Milton Friedman, cuando este hace suya la idea de la "mano invisible" de Adam Smith.

En el extremo opuesto, nos encontramos con el llamado a una aplicación de la vulgata socialista, la que propugna la concentración en un Estado planificador, ejecutor y controlador de las distintas facetas de la actividad económica, lo que a mi juicio tampoco constituye una salida del atolladero porque: i) da origen a una tecnocracia/burocracia ensimismada, que acaba escuchando nada más que su propia voz, anquilosándose en los quehaceres de un desempeño circular, repetitivo y por repetitivo desgastante y demoledor a la larga de todo aquello que se había propuesto defender --eso para no referirme al fantasma perenne de la corrupción; y ii) porque aparta a la ciudadanía de la toma de decisiones, ya que se da por supuesto que lo que se discute y decide es un asunto del que se ocupan excluyentemente la "ciencia" de los "expertos", esto es, los profesionales en cualquiera sea la materia del caso, y la "sabiduría" de los miembros del partido, sobre todo la de aquellos que se encuentran en la cúpula del mismo (obsérvese que en esto coincide la vulgata socialista, menos paradójicamente de lo que puede parecernos a primera vista, con su adversaria, la vulgata neoliberal, para la que los autorizados son igualmente los "expertos" más la "clase política"). Todo eso en circunstancias de que es precisamente la ciudadanía la que, a través de su participación en unos procesos que son del interés de todos, la que posee la aptitud que se requiere para romper la burbuja del ensimismamiento tecnoburocrático o, lo que es lo mismo, la que con su experiencia de legitimidad y realidad puede alimentar y dinamizar al Estado.

Ergo: si es efectivo que ni el Estado neoliberal ni el Estado socialista basto, este según lo entendieron y practicaron los burócratas del difunto "socialismo real", están habilitados para dar una buena respuesta a los desafíos de los tiempos que corren, la solución debiera provenir de otra parte. 

¿Por qué no recurrir entonces a los servicios de la democracia? Pero no a los de cualquier democracia, claro está, sino a los de un tipo de democracia que aún no conocemos, una democracia socialista inteligente y en la que: i) el principio moderno de la igualdad será respetado y, por lo mismo, reconocida la capacidad del ciudadano para intervenir en la res publica; en la que ii) el Estado recogerá en su configuración la configuración de la sociedad civil, su heterogeneidad tanto como la correlación de fuerzas que en su seno se registra, o sea que será un espacio donde la mayoría tendrá el peso que le corresponde pero sin borrar por eso la incidencia de la minoría; iii) en esa democracia social los representantes "representarán" genuinamente a los representados, haciéndose por lo tanto acreedores de su confianza y aprecio, y además habrá una fiscalización de sus actuaciones tanto como espacios de participación popular directa; y iv) la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones, en lo que se discute y decide respecto de la cosa de todos, será una garantía de que las acciones que a continuación se emprendan se encontrarán abastecidas con la dosis necesaria de legitimidad y realidad.

A partir de una perspectiva teórica como esta, que se aleja por igual del abstraccionismo de la derecha obtusa que del de la izquierda obtusa, a mí me parece que pudiera ser posible re/construir nuestro futuro.

Miércoles 10 de junio de 2020

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